Silencio
Si alguien me ha acompañado siempre has sido tú. Sólo recuerdo sus ojos clavados en los míos y el tiempo pasando rápido, di un portazo en el taxi y me fui. Después de ese segundo, sólo estuvimos tú y yo. Yo llorando, tú consolándome.
Recuerdo el último día en el barco, en el Sabana Bar, con la mayor parte de sus lujosos sofás estilo Animal Print ocupados. Y allí estaba yo, sentada, inquieta. Mis pesados pendientes ya no me dolían, tan siquiera mis tacones. Mirada perdida, buscándole entre la multitud, un último beso, un último adiós. He de decir que nada me hubiese gustado más que despedirme y desear que el destino, por azar, nos volviese a encontrar. Recuerdo la vuelta a casa, varias horas en coche, mirada fija de nuevo en la nada, en absoluto silencio, sin mediar palabra con mi padre; por fin conocí el significado de efimeridad. Silencio, mi calma. Siempre has sido tú.
Hoy te he echado de menos. Tú, mi inspiración y mi calma. Quien equilibra el caos que existe dentro de mí.
El corazón se estremece y el tiempo se para, por un segundo. No existe nada más. La impotencia de escuchar a mi interior gritar las palabras que soy incapaz de decirle (por cobarde). Reacciono esbozando una leve sonrisa intentando disimular la guerra que libro conmigo misma, y a la que orgullosa creo que gano siendo mi jaque mate tú, efímero, intenso y silencioso segundo.
Me enciendo un cigarro inevitablemente mientras me decido de manera muy ansiosa probar mi deseado café. Y de nuevo, no existe nada más. Mi café y tú, invitando a mis pensamientos divagar libremente, sin ataduras ni miedos. Delicado frente al majestuoso sol que se intuye y que se une a nuestra conversación. De vez en cuando invitamos a que los pájaros hagan un poco de ruido, interrumpiendo por un instante aquello que estuviese tramando.
Hoy te he echado de menos. Mi mejor compañero durante tanto tiempo. De la mano de la soledad, invitando a crecer y amarse uno así mismo. Mi fiel compañero. Alivio y refugio.
Parece irónico que yo te busque, que te necesite, que no te encuentre. Ausencia de sonido, abstención de palabras, momento delicadamente perfecto. Serendipia en los desgarres, precioso descubrimiento y valentía cuando uno se vuelve pequeño.
La garganta me aprieta. Siento un nudo dentro de mí y no hay peine ni manos que lo deshagan. Salgo a correr por la playa, diciendo en cada pisada que doy cada uno de los motivos que tengo para alejarme de esta locura, buscándote, donde la compañía y tú sois lo único necesario, de nuevo no hay nada más. Tú, haciéndome hablar conmigo misma.
Comentarios
Publicar un comentario