Ilusión
La fría nieve se posa en mis hombros con tanta delicadeza que apenas puedo sentirlo, es la suma de los incontables copos lo que hace que su masa sea notoria. Arrastro los pies dejando tras de mi un surco que marca mi trayectoria, tal vez con la esperanza inconsciente de que algún día quieras volver a verme.
Las calles se abren ante mis ojos, con cientos de calles y ninguna indicación, tal vez deba girar a la derecha, o tal vez continuar recto, lo que es seguro era que tu guiabas el camino, la mejor copiloto de todos.
Los rótulos de neón hace que toda la calle tenga tonos rojizos, miro a cada paraguas verde, esperando que estés bajo el, pero siempre es otro rostro el que me encuentro.
Entro en una cabina telefónica, hacía tiempo que no las utilizaba nadie, creía que ya no quedaba ninguna, pero como en muchas otras cosas, ahí también me equivocaba.
Pulsé la sucesión de números que ya jamás podría olvidar pero colgué sin esperar siquiera al primer tono.
Sigo teniendo cada uno de tus detalles en mi cabeza, cada una de tus manías, de tus pequeños gestos y una parte de mi no quiere rendirse. Vive con esa ilusión que espero no sea efímera, esa ilusión que hace que siga preparando la cena para dos, esa ilusión que hace que cada día me pueda levantar y caminar por nuestras calles para poder verte de nuevo.
Salgo de la cabina para seguir caminando hasta la playa, hasta el espigón donde las olas rompen contra las rocas, mojándome con pequeñas gotas saladas mientras cierro los ojos y pienso en mis fallos, en las decisiones que tome de forma errática y, en la mayoría de casos, equivocada. También sonrío, como cada vez que pienso en ti, como cada vez que pienso en nuestros momentos juntos, cuando todo estaba bien, como quiero que esté en esa pequeña luz que queda encendida, una luz que cada vez brilla más cuando alguien toca mi hombro, ahora mojado a causa de la nieve derretida, que antes parecía tan sólida. Entonces me giro.
Entonces veo el rostro bajo el paraguas verde.
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